Despertar
Miguel Meléndez
Desperté…lo primero que captaron mis ojos fue un
cielo gris con destellos rojos de un sol que ya no brillaba igual que los días
de antaño, un firmamento con una imagen nada rara para ese tiempo. La soledad
seguía siendo mi única compañera, como lo venía haciendo desde hacía ya 3 años.
Tres
largos y flagelases años habían pasado desde aquel terrible día en que perdí mi
mundo entero; mis padres, mi hermano, mi casa, mis amigos, la mujer que había
amado y mi salud ya bastante precaria solo había empeorado. Mis padecimientos
cardiacos que me habían aquejado desde
mi nacimiento y que con medicamentos y esfuerzos había mantenido controlados,
se había liberado e intensificado, convirtiendo mi tarea de sobrevivir aún más
difícil de lo que ya era.
Al
verme en peligro inminente de alguna falla cardiovascular decidí hacer algo:
Inicié una intensiva búsqueda por una batería de carro, con suerte y ayuda de
Dios hallé una. La uní a baubanómetro que había logrado salvar de una
ambulancia destruida; este me sirvió durante un tiempo para mantenerme a la
raya de mis capacidades cardíacas Ya unidos, el sistema debía funcionar de la
siguiente manera: cuando el medidor de presión marcara cero, la corriente
eléctrica de la batería seria liberada y con suerte reanimaría mi corazón, si
este llegara detenerse.
Por desgracia el baubanometro tenía que estar
sujetado con fuerza a mi brazo
izquierdo, pues de lo contrario dejaría de medir y esto me dejaría en una falla cardíaca irreversible.
Para mi buena suerte,
su primera prueba llegó rápidamente y la paso con honores. Sucedió que un día
mientras escarbaba como una rata entre los escombros de una casa (una practica
ya rutinaria), comenzó un bombardeo, comencé a correr con todo lo que mis
piernas me permitían pero al parecer su máximo no se llevaba bien con el de mi
corazón así que emberrinchado decidió detenerse. Fulminado por el abrupto freno
de mi corazón, caí al suelo de bruces, cortándome la ceja izquierda y quedando
inconsciente por un momento; una corriente eléctrica recorrió mi cuerpo y llego
a mi tejido miocárdico reanimándolo.
Apenas pude moverme
durante los próximos dos días pero, al menos no morí aquel día.
Regresando a mi día; me
quede ensimismado mirando el cielo, después de unos momentos, salí de mi
letargo con mi siguiente movimiento ya elegido.
Hacia solo unos meses había
escuchado que en el país vecino del norte había todavía ciudades donde la guerra
no había causado estragos y donde podía empezar de nuevo. Comida, servicios
médicos, un lugar donde dormir que no fuera una cama de escombros con olor
pestilente y restos humanos como resortes para confortar mi espalda, eso era lo
que buscaba.
Me levanté, me estiré
vigorosamente, bostecé ruidosamente, tomé mi mochila, la abrí y saqué la última lata de comida que me quedaba.
Tomé mi navaja y rudimentariamente logré destapar la lata para comer los
ravioles que esta contenía. Los comí casi de un solo bocado y lograron saciar solo
una pequeña fracción del hambre tan aguda que sufría. Me dispuse a beber de mi
cantimplora, degusté un poco de la insalubre agua que a duras penas había
conseguido, y la regresé a la mochila.
Colgué mi mochila a mis
cansados y ya huesudos hombros y reinicié mi travesía hacia el norte.
Me encontraba en los límites
de lo que había sido una ciudad, así que tomé la carretera. Caminé bajo la
lluvia helada durante dos horas procurando mantener bien protegida mi batería
de carro para que no fuera a sufrir una descarga innecesaria. Finalmente llegué
a un pequeño pueblo con una calle principal de unos 300 metros, llena de casas
y negocios pequeños, casi exactamente a la mitad de tan peculiar lugar se erguía la más
imponente y grande construcción del pueblo: Una hermosa iglesia de fachada de
piedra blanca, con una cruz en lo alto de esta.
Comencé a caminar por
la calle principal, la mayoría de las viviendas tenían huecos provocados por impactos
de bala que habían recibido. Vi una escuela y detrás de esta había una cancha
de fútbol. La emoción invadió mi cuerpo y corrí hacia allá; el césped estaba
seco, las líneas de cal eran apenas visibles, uno de los marcos de meta era
solo dos palos de alturas disparejas, el larguero se encontraba en el piso
hecho añicos, las redes estaban raídas. El aspecto de la cancha no me importo
en lo más mínimo, fue mi sorpresa más grande y agradable desde hacía meses, en el tiempo en el que
vivía esto había sido una de mis más placenteras alegrías, evitar que los
balones cruzaran la línea de meta y se incrustaran en la red.
El aire ahí corría de
una forma delicada, pero aun así hacía que bailara mi pelo y logró que la lágrima
que derrame por la nostalgia se fuera con él. En aquel momento todo de lo que
había sido testigo: llanto, desesperación, traición, soledad, pérdida, hambre,
muerte… Todo eso… se fue.
Después de un momento y con la moral alta (más
alta que nunca desde hacía 3 años), me dirigí hacia la Iglesia. Al llegar ahí,
contemple la imponente edificación que tenía frente a mí, debía de medir por
los menos ocho metros, estaba llena de estatuas y figuras de santos; de entre
todas logre reconocer una de San Judas Tadeo, decapitado, seguramente por algún
impacto de bala o alguna explosión, espere el no terminar así, trague saliva y
me decidí a entrar.
La fe era mi
combustible principal en mi viaje. Llegué frente a la fachada y note que estaba
casi intacta a diferencia de su puerta que estaba totalmente astillada y
partida por la mitad. Entré por el hueco de la puerta, me persigné y me dirigí
a la banca más cercana al altar, me arrodillé
y cerrando mis ojos con fervor comencé a orar.
Tras un momento y habiendo
terminado, levanté la cabeza y mire a Jesús crucificado en el altar y pensé:
“Es probable (y espero) que nos veamos pronto, que sea como tú lo desees”
Me dirigí hacia la
puerta, puse un pie fuera y un instante después una bala se incrusto en la
puerta de madera, justamente a la altura de mi cabeza; instintiva y
estúpidamente corrí fuera de la iglesia. Como un loco y con mi corazón
desbocado y rogando por parar, corrí cuanto pude hasta que una explosión bajo
mis pies me elevó por los aires y me depositó a 15 metros del lugar donde ocurrió.
Sin piernas, sin un
brazo y con todo mi cuerpo lleno de esquirlas provenientes de la granada, luchaba por respirar y soportaba un
terrible zumbido que hacía que mi cabeza diera más y más vueltas. Cansado y
llorando por descanso mi corazón finalmente se detuvo, solo para ser reanimado
por mi improvisado invento. Abrí de nuevo
los ojos y todo se puso más claro fue entonces cuando lo vi, caminaba
hacia mí y no había nada que pudiera hacer, cargó su pistola con una sonrisa de
satisfacción y sin pausas…jaló el gatillo.
Desperté… Mi ritmo
cardiaco estaba por los cielos, lloraba, sudaba frío y temblaba sin control.
Estaba sobre mi cama, todo estaba oscuro, solo entraban unas tenues luces por
la ventana, pero, ya no era un muchacho; era un pequeño y asustado niño de 3
años intentando llamar a su madre sin hablar. Mi mamá no tardó en entrar
acelerada y muy preocupada por su hijo. ¨ ¿Qué pasó, mi amor? ¿Por qué estas
llorando? ¿Qué te pasó, por qué gritabas?¨dijo mi madre comenzando a abrazarme,
con las mangas de su bata sequé mis lágrimas y limpié mi nariz “Un sueño, mami”
respondí aliviado con un suspiro.
De entre sus brazos
logré divisar en mi ventana algo asombroso: decenas de pequeñas luces
organizadas en una formación, volaban hacia mi casa y con el tiempo se iban
haciendo más y más grandes; a lo lejos logré ver algo; una pequeña bola de luz
parecida a un sol se había prendido lejos, muy lejos de mí y luego se había estirado
hacia arriba y convertido en un hongo de luz.
Uno tras otro los
hongos de luz fueron apareciendo cada vez más cerca, acompañados de una
progresiva vibración que se incrementaba lentamente, de pronto el sonido de una
explosión llegó y luego otro y otro, era como el sonido retrasado de un rayo su
efecto en mi fue la transición de la fascinación al miedo. El miedo me llevó al
llanto y junto con mi madre comenzamos una triste y desesperanzada canción de lágrimas.
Los hongos se iban haciendo más grandes y cercanos y las luces casi estaban
sobre mí…
Mi madre me tomó con más
fuerza… ahogando un grito, me quede ciego antes de poder cerrar los ojos y
convertirme junto a mi madre en una partícula más de esos hongos de luz.

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