jueves, 6 de junio de 2013

Despertar- Cuento

Despertar

Miguel Meléndez 


Desperté…lo primero que captaron mis ojos fue un cielo gris con destellos rojos de un sol que ya no brillaba igual que los días de antaño, un firmamento con una imagen nada rara para ese tiempo. La soledad seguía siendo mi única compañera, como lo venía haciendo desde hacía ya 3 años.

            Tres largos y flagelases años habían pasado desde aquel terrible día en que perdí mi mundo entero; mis padres, mi hermano, mi casa, mis amigos, la mujer que había amado y mi salud ya bastante precaria solo había empeorado. Mis padecimientos cardiacos que me  habían aquejado desde mi nacimiento y que con medicamentos y esfuerzos había mantenido controlados, se había liberado e intensificado, convirtiendo mi tarea de sobrevivir aún más difícil de lo que ya era.

            Al verme en peligro inminente de alguna falla cardiovascular decidí hacer algo: Inicié una intensiva búsqueda por una batería de carro, con suerte y ayuda de Dios hallé una. La uní a baubanómetro que había logrado salvar de una ambulancia destruida; este me sirvió durante un tiempo para mantenerme a la raya de mis capacidades cardíacas  Ya unidos, el sistema debía funcionar de la siguiente manera: cuando el medidor de presión marcara cero, la corriente eléctrica de la batería seria liberada y con suerte reanimaría mi corazón, si este llegara detenerse.
Por desgracia el baubanometro tenía que estar sujetado  con fuerza a mi brazo izquierdo, pues de lo contrario dejaría de medir y esto me dejaría en una falla cardíaca irreversible. 

Para mi buena suerte, su primera prueba llegó rápidamente y la paso con honores. Sucedió que un día mientras escarbaba como una rata entre los escombros de una casa (una practica ya rutinaria), comenzó un bombardeo, comencé a correr con todo lo que mis piernas me permitían pero al parecer su máximo no se llevaba bien con el de mi corazón así que emberrinchado decidió detenerse. Fulminado por el abrupto freno de mi corazón, caí al suelo de bruces, cortándome la ceja izquierda y quedando inconsciente por un momento; una corriente eléctrica recorrió mi cuerpo y llego a mi tejido miocárdico reanimándolo.

Apenas pude moverme durante los próximos dos días pero, al menos no morí aquel día.

Regresando a mi día; me quede ensimismado mirando el cielo, después de unos momentos, salí de mi letargo con mi siguiente movimiento ya elegido.

Hacia solo unos meses había escuchado que en el país vecino del norte había todavía ciudades donde la guerra no había causado estragos y donde podía empezar de nuevo. Comida, servicios médicos, un lugar donde dormir que no fuera una cama de escombros con olor pestilente y restos humanos como resortes para confortar mi espalda, eso era lo que buscaba.

Me levanté, me estiré vigorosamente, bostecé ruidosamente, tomé mi mochila, la abrí y  saqué la última lata de comida que me quedaba. Tomé mi navaja y rudimentariamente logré destapar la lata para comer los ravioles que esta contenía. Los comí casi de un solo bocado y lograron saciar solo una pequeña fracción del hambre tan aguda que sufría. Me dispuse a beber de mi cantimplora, degusté un poco de la insalubre agua que a duras penas había conseguido, y la regresé a la mochila.

Colgué mi mochila a mis cansados y ya huesudos hombros y reinicié mi travesía hacia el norte.

Me encontraba en los límites de lo que había sido una ciudad, así que tomé la carretera. Caminé bajo la lluvia helada durante dos horas procurando mantener bien protegida mi batería de carro para que no fuera a sufrir una descarga innecesaria. Finalmente llegué a un pequeño pueblo con una calle principal de unos 300 metros, llena de casas y negocios pequeños, casi exactamente a la mitad  de tan peculiar lugar se erguía la más imponente y grande construcción del pueblo: Una hermosa iglesia de fachada de piedra blanca, con una cruz en lo alto de esta.

Comencé a caminar por la calle principal, la mayoría de las viviendas tenían huecos provocados por impactos de bala que habían recibido. Vi una escuela y detrás de esta había una cancha de fútbol. La emoción invadió mi cuerpo y corrí hacia allá; el césped estaba seco, las líneas de cal eran apenas visibles, uno de los marcos de meta era solo dos palos de alturas disparejas, el larguero se encontraba en el piso hecho añicos, las redes estaban raídas. El aspecto de la cancha no me importo en lo más mínimo, fue mi sorpresa más grande y agradable  desde hacía meses, en el tiempo en el que vivía esto había sido una de mis más placenteras alegrías, evitar que los balones cruzaran la línea de meta y se incrustaran en la red.

El aire ahí corría de una forma delicada, pero aun así hacía que bailara mi pelo y logró que la lágrima que derrame por la nostalgia se fuera con él. En aquel momento todo de lo que había sido testigo: llanto, desesperación, traición, soledad, pérdida, hambre, muerte… Todo eso… se fue.

 Después de un momento y con la moral alta (más alta que nunca desde hacía 3 años), me dirigí hacia la Iglesia. Al llegar ahí, contemple la imponente edificación que tenía frente a mí, debía de medir por los menos ocho metros, estaba llena de estatuas y figuras de santos; de entre todas logre reconocer una de San Judas Tadeo, decapitado, seguramente por algún impacto de bala o alguna explosión, espere el no terminar así, trague saliva y me decidí a entrar.

La fe era mi combustible principal en mi viaje. Llegué frente a la fachada y note que estaba casi intacta a diferencia de su puerta que estaba totalmente astillada y partida por la mitad. Entré por el hueco de la puerta, me persigné y me dirigí a la banca más cercana al altar, me arrodillé  y cerrando mis ojos con fervor comencé a orar.

Tras un momento y habiendo terminado, levanté la cabeza y mire a Jesús crucificado en el altar y pensé: “Es probable (y espero) que nos veamos pronto, que sea como tú lo desees”
Me dirigí hacia la puerta, puse un pie fuera y un instante después una bala se incrusto en la puerta de madera, justamente a la altura de mi cabeza; instintiva y estúpidamente corrí fuera de la iglesia. Como un loco y con mi corazón desbocado y rogando por parar, corrí cuanto pude hasta que una explosión bajo mis pies me elevó por los aires y me depositó a 15 metros del lugar donde ocurrió.

Sin piernas, sin un brazo y con todo mi cuerpo lleno de esquirlas provenientes de la  granada, luchaba por respirar y soportaba un terrible zumbido que hacía que mi cabeza diera más y más vueltas. Cansado y llorando por descanso mi corazón finalmente se detuvo, solo para ser reanimado por mi improvisado invento. Abrí de nuevo  los ojos y todo se puso más claro fue entonces cuando lo vi, caminaba hacia mí y no había nada que pudiera hacer, cargó su pistola con una sonrisa de satisfacción y sin pausas…jaló el gatillo.

Desperté… Mi ritmo cardiaco estaba por los cielos, lloraba, sudaba frío y temblaba sin control. Estaba sobre mi cama, todo estaba oscuro, solo entraban unas tenues luces por la ventana, pero, ya no era un muchacho; era un pequeño y asustado niño de 3 años intentando llamar a su madre sin hablar. Mi mamá no tardó en entrar acelerada y muy preocupada por su hijo. ¨ ¿Qué pasó, mi amor? ¿Por qué estas llorando? ¿Qué te pasó, por qué gritabas?¨dijo mi madre comenzando a abrazarme, con las mangas de su bata sequé mis lágrimas y limpié mi nariz “Un sueño, mami” respondí aliviado con un suspiro.  

De entre sus brazos logré divisar en mi ventana algo asombroso: decenas de pequeñas luces organizadas en una formación, volaban hacia mi casa y con el tiempo se iban haciendo más y más grandes; a lo lejos logré ver algo; una pequeña bola de luz parecida a un sol se había prendido lejos, muy lejos de mí y luego se había estirado hacia arriba y convertido en un hongo de luz.

Uno tras otro los hongos de luz fueron apareciendo cada vez más cerca, acompañados de una progresiva vibración que se incrementaba lentamente, de pronto el sonido de una explosión llegó y luego otro y otro, era como el sonido retrasado de un rayo su efecto en mi fue la transición de la fascinación al miedo. El miedo me llevó al llanto y junto con mi madre comenzamos una triste y desesperanzada canción de lágrimas. Los hongos se iban haciendo más grandes y cercanos y las luces casi estaban sobre mí…


Mi madre me tomó con más fuerza… ahogando un grito, me quede ciego antes de poder cerrar los ojos y convertirme junto a mi madre en una partícula más de esos hongos de luz.  

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